[Editado tras un par de meses]
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El suspiro se ahogo entre sus labios y su mirada se perdía en el cielo nublado. Pasaron un par de aves frente a su ventana, la taza de café frio que yacía entre sus manos estaba intacta.
El pequeño reloj de gato que su madre había creído conveniente regalarle en navidad, hacia su tic tac, tic tac de siempre, la mañana apenas estaba comenzando y a pesar de que tenía apenas media hora despierta, ya se sentía cansada.
El pequeño de cabellos negros bajó corriendo las escaleras, tomó su mochila de la silla frente a su madre y se acerco para besarle la mejilla. Ella se acomodó un mechón de pelo castaño atrás de su oreja y le devolvió el gesto con una cansada, pero sincera sonrisa a su hijo. Kevin salió por la puerta corriendo para llegar temprano a su colegio.
Ella lo amaba, era su pequeño sol aquel niño de ojos chocolates. Después de perderlo de vista, miro nuevamente sin ver nada en realidad por la ventana con aquella melancolía que hace ya 10 años la acompañaba.
Un maullido del reloj la sacó de su transe mientras escuchaba a su marido bajar las escaleras.
Anette se levantó para servirle el café a su esposo quien se sentó a la mesa después de un alegre "buenos días".
Ella solo asintió con la sonrisa más convincente que pudo. El la amaba, había luchado por su amor por 2 años hasta que salieron por 1 más y se casaron, era atento, romántico, algo terco pero para él, ella siempre tenía la razón.
El hombre habló de la junta que hoy tendría, del nuevo empleado que habían puesto a su cargo en la oficina y que ya había reparado la llave del agua del baño de Kevin. Ella solo contestaba monosílabos a las pocas preguntas que su marido le hacía. Jonathan se levantó y le dijo que llegaría tarde ese día por la dichosa junta. Le besó en la frente a su mujer y salió de la casa con el maletín negro y las llaves del auto que eran adornadas con una pequeña hoja de maple de plástico que había traído Kevin de su campamento de verano.
Anette subió las escaleras y tomo un baño rápido, se recogió su cabello en una pequeña cebolla sostenida con un palillo de plástico azul rey. Un vestido veraniego del mismo tono con sandalias y bolso negro.
Salió de casa después de 47 minutos de arreglo personal. Le gustaba caminar en las mañanas, mas si estaba el clima como en ese momento, aire fresco pero no frío, cielo cubierto de nubes grises dejando pasar solo los rayos de sol necesarios para alumbrar un poco el día.
Cerca de su destino compró un ramo de narcisos y un listón azul para atar las flores. Después de unos minutos de caminata, atravesó el arco de piedra blanco dejando atrás el asfalto para tocar tierra y pasto. Miraba alrededor de ella las moradas eternas, algunas personas alrededor de estas dejando flores o poniendo agua en las macetas, otros eran niños retándose los unos a los otros a caminar cerca de las que estaban abiertas.
Ella lo iba a visitar todos los años, exactamente ese día, por la mañana, era el único día que no hacía de comer para su familia, que no cosía los botones en las camisas de su marido o quitaba las manchas de jugo de frutas y lodo de los vaqueros de su hijo. Ese día estaba dedicado a él, el que ahora yacía en el mundo eterno, lleno de luz y felicidad. Al menos eso quería creer Anette. Se agacho para quitar unas pocas hojas secas de la lapida y sacudir el polvo del nombre de aquella persona. Dejo las flores encima de la tumba y leyó el nombre una vez más, esta vez se atrevió a decirlo en voz alta.
Su voz se quebró al terminar su apellido y sus rodillas tocaron el pasto seco, lagrimas amargas brotaron de sus orbes marrones y el sentimiento de nausea y dolor la embargo como cada año.
El amor de su vida, su compañero de secundaria, su novio de la universidad, la persona a la que se entregó por primera vez, el verdadero padre de su hijo. Todo eso junto en una sola persona, la persona con la que había sido capaz de hablar durante horas aun con su introvertida personalidad.
Un nudo se formo en la boca del estomago, quería nombrarlo nuevamente, nunca se permitía hacerlo, era el nombre más presente en su mente desde los 13 años pero jamás lo mencionaba.
-Damián...- sus lágrimas de dolor se fueron juntando en la superficie del mármol de la lápida.
Y ella sabía que no era su culpa, sabía que si esa maldita, maldita enfermedad no lo hubiera atacado, sería la mujer más feliz del mundo. Su hijo tendría a su padre de ojos chocolate y cabello negro igual al de él, su padre, el que amaba las películas de comedia al igual que Kevin, el hombre que le enseñaría a jugar futbol americano en lugar del baloncesto que a Kevin tanto le aburría pero que Jonathan estaba empeñado en jugar con su "hijo".
Sus lagrimas cesaron, le dolía, vaya que le dolía esconder esos sentimientos muy en lo profundo de su ser, pero no quería que nadie más de los que quería, sufriera. Por eso sus labios callaban la verdad amarga dejando salir la dulce mentira de la perfección. Pero su mente sabía lo que fue y habría sido su vida, su mente y Dios mismo no la dejarían olvidar para nunca perder el hilo y no perder el sentimiento que desde joven le tenía a su compañero de banco del instituto. Era amor, la primera y única vez que lo había sentido.
La lluvia cayó de nuevo, su casa estaba cálida y silenciosa como siempre a esa hora, se cambio de ropa y se seco los cabellos cuando escuchó el ruido de la puerta y el grito de su hijo anunciando su llegada. El grito del pequeño Kevin Damián.
-Andrea Treviño.